Todos llevamos un Néstor encima

Todos los que bancamos los 12 años llevamos un Néstor encima.
Todos los que entendimos que era posible cambiar algo llevamos un Néstor encima;
Todos los convencidos de que es mentira que los de afuera siempre tienen razón llevamos un Néstor encima
Todos los que vimos que el peronismo no era Duhalde llevamos un Néstor encima.
Todos los que hoy nos conmovemos por un nuevo aniversario de su natalicio llevamos un Néstor encima.
Hasta los gorilas llevan un Néstor encima…

Algunos se ponen locos y nos dicen que paremos, que bajemos un par de cambios, que no es para tanto, que todo bien con Néstor pero que tampoco lo reinventemos como si fuera un Che con mocasines y una Bic en mano…

Qué le vamos a hacer, no entendieron ni entenderán…

No lo entendieron y por eso quedaron al costado. No entendieron que la virtud de este tipo fue la de cambiar sobre la marcha si las condiciones así lo indicaban y que fue esa característica la que lo fortaleció para lograr un punto de autonomía que le posibilitara desplegar su juego. Argentina estaba acostumbrada a dirigentes políticos pusilánimes que musicalizaban sus retrocesos y agachadas carajeando para que la gilada pensara que se la bancaban siendo que sólo era una puesta en escena para que no se viera el nivel del renuncio que se habían mandado. Néstor, en cambio, sacó lo mejor de sí en los peores momentos y es esto lo que lo hizo distinto.

La otra gran diferencia la marcó cuando demostró que era un capitalista inteligente y desde ahí le peleó al establishment. Néstor murió tratando de reconvertir las nociones imperantes en nuestro país. Néstor murió tratando por todos los medios de diseñar una estructura nueva y por supuesto que no lo consiguió, pero al menos trató de sentar las bases de algo distinto. No es fácil modificar una estructura consolidada en décadas, mucho menos cambiar esas nociones derrotistas constitutivas de cierto sentido común plebeyo para el que “siempre fue así y a esto no lo cambia nadie”. Más difícil, aún, es cambiar la mentalidad de los empresarios argentinos, absolutamente infectados por los gurúes que no saben hacer otra cosa que recomendar salidas que nunca dieron resultado. Y vaya si era difícil hacer que la sociedad dejara de creer acríticamente que la razón la tienen siempre Broda, los Cavallo y todo lo que ellos expresan. Hoy, más que nunca, Néstor nos recomendaría seguir en la construcción de un sentido común popular alternativo que no se conformara con lo hecho y siguiera buscando caminos nuevos.

Pero su principal aporte fue ser un fabuloso y grandioso despertador. Desde 1955 en adelante a los argentinos nos habían dormido, estábamos como dopados, incapaces de pensarnos como algo distinto. Se hizo hegemónica esa mirada que nos ponía siempre en segundo lugar, siempre dependientes, siempre accesorios, siempre socios menores de la grandeza de otros. Néstor nos zamarreó, nos hizo entender que no era así la cosa, que se podía al menos intentar otro camino y lo fogoneó desde las entrañas mismas de ese poder tan desprestigiado en 2001. Demostró que al fin y al cabo el gobierno es un instrumento y que si se lo usa en un sentido distinto puede ser útil a los intereses populares. Demostró también que hacer política es analizar fríamente el tablero y operar en consecuencia, de ahí su reconocimiento que sólo en la estructura del peronismo podía acumular el suficiente volumen político como para bancar su proyecto. Y obró en consecuencia siendo que en un principio intentó con la transversalidad un camino distinto pero rápidamente se dio cuenta que ese no era el camino y pegó el volantazo, haciendo política, muchísima política.

En estos días, donde la dispersión es la imagen dominante, todos los que llevamos un Néstor encima tenemos una tarea primordial: unificar, tender puentes, dialogar y revisar todo lo que sea necesario para recomponernos y así recuperar nuevamente el control del estado.

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