Sandro en la banda de sonido de mi vida

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En la banda de sonido de mi infancia, entre Frondizi y Levingston, anda Sandro como el sonido recurrente, tanto en la radio como en propaladora del pueblo. Era parte de la vida, algo inherente a mí. No lo elegí, estuvo desde siempre, como mis padres, mis hermanos, mi pueblo, la escuela, el cine y mis amigos.

Cuando mi hermana cuando cumplió15 le regalaron el Winco y el long play “La magia de Sandro”, que traía temas llamados a pasar a la historia como “Tengo”, Así” y “Penumbras”. En la contratapa del álbum se destacaba “con Jorge López Ruíz y su orquesta”, lo que era decir muchísimo ya que en esos años López Ruíz, contrabajista y hermano de Oscar, el guitarrista de Piazzolla, era una de las figuras más importantes del jazz argentino. Un lujo que nadie más se pudo dar, contar con arreglos y dirección de un músico tan exquisito.

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Un perrito que tuvo mi prima Graciela y que amé con locura hasta que el moquillo se lo llevó se llamó “Yuma” por el tema Yuma Yoe, que estaba en ese disco, del que puedo cantar una a una sus canciones del principio al fin, porque en esa época la música era un bien escaso. No existían las discografías completas, eso que ahora uno acopia para no escuchar jamás. Las discotecas eran acotadas a un puñado de lps. Entonces se los gastaba de tanto pasarlos y en cada pasada se encontraban cosas nuevas. Para colmo en los pueblos no había disquerías, por lo general se compraban los discos de moda en los viajes a Buenos Aires.

Cuando el gitano se presentó por primera vez en la zona, en el Club Argentino de Trenque Lauquen, fuimos en el Falcon del tío Ademar. Fue mi primera vivencia de un hecho multitudinario. Había que andar a paso de hombre por la cantidad de autos que circulaban esa noche y tuvimos que estacionar a unas 10 cuadras del club, algo insólito para esa época en una ciudad que tendría 15/20 mil habitantes, no mucho más. Entramos bien al fondo del salón, casi no lo podíamos ver. Recuerdo que con mis 8 o 9 años me adelanté y pude ver de más cerca el beso que se dio en la mano en “Como lo hice yo” y presenciar el estallido multitudinario.

Sandro era uno de los dos grandes tanques cinematográficos que hacían feliz al tío Alberto. el otro era Luis Sandrini. Sus películas las proyectaba los viernes y los domingos, en este último caso con dos funciones. El cine reventaba, y si justo ese día jugaba en el pueblo 17, el club de la colonia, se multiplicaba la cantidad de gente. El centro era una caravana incesante de autos, con marcada preeminencia de los Falcon y las F-100.

Por lo bajo había un cierto rechazo hacia su figura que, por supuesto, no salía de las charlas de cocina (Ay si hubiera existido Facebook!). Esta cosa de “gitano” molestaba a algunas madres, lo mismo que sus movimientos. Críticas inconfesables que quedaban al borde del camino ante un artista que arrasaba con todo lo que se le pusiera por delante.

Con los años también creció una corriente que lo consideraba “grasa”. No duró mucho pues la misma gente del rock se encargó de ponerlo en su lugar de figura inconmensurable. Siempre sentí piedad por aquellos que no lograron sentirlo a Sandro, porque, a ver, hay fenómenos no encasillables. Artistas que son algo así como expresiones de un populismo visceral que se ubican en el centro de una sociedad en un momento dado y no hay con qué darles. Porque yo nunca me pregunté si Sandro “me gusta”, muchísimo menos si “me gusta por esto, esto y esto”. No, tampoco si afina bien, regular o mal. Sandro es Sandro ¿Me entendés?

Después llegó la melomanía, el rock progresivo, Miles Davis, Chucho Valdés, todo el jazz, Brasil y la sandunga afroantillana. Llegaron las tardes escuchando músicas complejas sin entender un soto con el consecuente autoconvencimiento de que me gustaba, porque inmerso en la paja snobista uno creía que era más groso si le gustaba Ornette Coleman. Por suerte esa epidemia pasó de largo y con los años uno llega al placer de escuchar exclusivamente lo que le gusta, no lo que supone que debe escuchar y le debe gustar.

Pero, eso sí, en medio del brote por escuchar cosas complejas, Sandro siempre estuvo ahí, como el amigo dispuesto a cantarme cuando lo deseara, como en esta tarde soleada en que me está cantando para apunar la pena que me da caer en la cuenta que hoy cumpliría 70 pirulos y que aún podría andar entre nosotros.

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