Rubén Blades, sin sandunga y sin olor a pizza

Desde que supe que Rubén Blades planeaba grabar un disco con sus grandes temas en ritmo de tango tuve presentimientos sombríos que lamentablemente se ratificaron. Me encontré con el CD en la disquería y al ver que los arreglos y dirección están nada menos que a cargo del inmenso Carlos Franzetti no pude resistirme a comprarlo, entre otras cosas porque si he mantenido una conducta a lo largo de los años ha sido comprar cada disco que lanza al mercado este panameño polifacético cuya obra ocupa uno de los lugares predilectos en mis gustos musicales. Quizás por eso es que escucho “Tangos” una y otra vez buscando que me conquiste pero finalmente me rindo: está todo perfectamente tocado, la pluma de Franzetti es perfecta; Leopoldo Federico y Daniel Binelli venden su fuerza de trabajo con la calidad que se les reconoce rodeados de una tropa de músicos argentinos que son fenomenales, pero el trabajo parece más un “Rubén Blades Sinfónico” que un disco de tango. Es que en el viaje de Nueva York a Buenos Aires las obras del panameño perdieron sandunga y al llegar al Río de la Plata no lograron oler a pizza -condición básica para ser tango, según Piazzolla- entonces queda un producto muy bien tocado, pero a mitad de todo.

Hay varias explicaciones: la primera es que Franzetti es un músico monumental, pero no es un músico de tango, y esto es definitorio; la otra es aquello de “Pinta tu aldea y serás universal”. La obra de Rubén no se puede escindir del son, el mambo, el guaguancó y el conjunto de ritmos afroantillanos. Pero además porque tiene un clima inevitablemente neoyorquino y caribeño. Cuando en Ligia Elena se escucha decir “el muchacho” en vez de “el trompeta”, se hace pedazos la traslación. No es lo mismo el arrabal porteño que El barrio, tampoco la delincuencia de uno y otro lugar. No todo es lo mismo aunque lo parezca.

Las dos obras más logradas son Pedro Navaja y Adan García y sin duda porque tienen un arreglo en torno a la milonga, cuyo parentesco con la música tropical es más cercano.

No sé qué le pasará al oyente que escuche por primera vez estas obras, probablemente le gusten pues no tendrá que lidiar con las versiones originales que tenemos asimiladas en la memoria musical quienes seguimos hace décadas al panameño, es que son tan fuertes y están tan bien logradas en su contexto musical de origen que inevitablemente transforman a “Tangos” en una búsqueda temeraria que como tal no alcanza los resultados perseguidos.

Así como no me gusta cuando Iaies bossanovea clásicos del tango, no me gusta tanguear un son o un Cha cha cha. Quizás las balada sencilla y cuadrada se preste para armonizarla y adaptarla a varios ritmos, no creo que eso pueda hacerse con músicas tan soldadas a una región. En un punto, el tango, la bossa, el son y el landó son parientes, pero con historias específicas y olores locales que les dan a cada uno elementos propios y originales que los distinguen del otro, por eso podríamos concluir que el experimento de Blades y Franzetti es bienvenido, fundamentalmente para que nadie más intente repetirlo.

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  1. Aclaro primero mis gustos tangueros: detesto la producción tanguera de Cacho Castaña (no así sus grandes éxitos tipo “la reina de la bailanta”) y en general no me gustan los tangos de Eladia Blázquez. Sí me gusta Piazzola. Y me gusta casi todo el tango clásico y además bailarlo.

    Dicho lo cual, estoy en casi todo de acuerdo con tu crítica. Creo que de tanto amor a Blades, le hacés precio. Porque una de las cosas más se notan es que Blades no es un cantor de tangos.

  2. Ahora que escucho un poco más, me doy cuenta también que estos no son tangos: son las canciones de Blades ralentadas y con orquestación de tango. Pero… ¿tango? No way, José, no way.

  3. Porque todo no no salga bien, no significa que no debemos seguir intentando. Me parece que “Pablo Pueblo” quedo tan bien que valío la pena todo el ejercicio.

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