La ley primera

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Es casi un lugar común repetir aquellos versos del Martín Fierro que auguran un festín caníbal si los hermanos se pelean. Hernández, con sabiduría, sentenciaba que eran “los de afuera” los que se aprovecharían de las disputas –y como siempre– en beneficio propio.

Enrique Masllorens

Es casi un lugar común repetir aquellos versos del Martín Fierro que auguran un festín caníbal si los hermanos se pelean. Hernández, con sabiduría, sentenciaba que eran “los de afuera” los que se aprovecharían de las disputas –y como siempre– en beneficio propio. Por eso la Ley Primera es que los hermanos sean unidos. O como enseñaría años después el General Perón, que los compañeros debían permanecer unidos, organizados y solidarios.

Ninguna de estas recomendaciones parecen estar siendo observadas o seguidas por algunos dirigentes y por muchos adherentes o simpatizantes del kirchnerismo. Es dable comprobar que a medida que pasan las semanas aumenta la espiral de descalificaciones, operaciones y hasta de calumnias en contra del precandidato Daniel Scioli, con un grado de irresponsabilidad que puede comprometer el futuro y la continuidad del proyecto nacional, popular y transformador iniciado en 2003.

Quienes fueran -hasta el baño de humildad- pre- candidatos y dirigentes importantes del espacio, habían deslizado un cierto malestar por la impronta descalificadora de Florencio Randazzo hacia su rival en la próxima interna. Gane quien gane esa compulsa es imprescindible la unidad posterior y todos los esfuerzos y militancia tras quien finalmente represente al Frente para la Victoria en las cruciales elecciones de octubre. Otra actitud sería traicionar lo que iniciaron Perón y Evita hace 70 años, que costó sangre y libertad a miles de resistentes y que encarnaron y lo siguen haciendo Néstor y Cristina.

Resulta alarmante cómo en las redes sociales se enloda, insulta y se menosprecia al gobernador de la provincia de Buenos Aires, haciéndole el caldo gordo a la peor oposición y alegrando a los medios hegemónicos que operan para confundir y agrandar la brecha. Rompiendo puentes no se construyen mayorías.
Tampoco colaboran aquellos que por ser referentes en los medios y por ende con una responsabilidad mayor, se vuelven tribuneros y hasta provocadores. El entrañable y talentoso Carlos Barragán en estas mismas páginas se refiere a Scioli como “cualquier cosa” ,y lo mismo hace tanto en Radio Nacional o en coro en el programa que co conduce en la TV Pública. Todos tenemos la libertad de expresar lo que pensamos y adherir a quien consideremos que es mejor. Pero la agresión a compañeros de nuestro propio FPV puede comprometer la continuidad del proyecto. Y eso es imperdonable.

Lógicamente en una competencia por el voto ciudadano es necesario, recomendable y natural que se expresen las diferencias y hasta que se fuercen un tanto los argumentos para poder tomar la delantera en las preferencias. Pero sin sacar los pies del plato. Sin empujar a una diáspora y un desencanto irreparable en caso de ganar el candidato que no elegimos.

Como en toda actividad humana y social, hay distintas razones y motivaciones para las decisiones y actitudes. Las hay personales y algo mezquinas, como pensar en una continuidad laboral. Las hay más profundas y consistentes como las ideológicas y la adhesión o coincidencia con la visión de país del político que queremos apoyar y seguir. Y existen algunas más difíciles de rastrear o aceptar, más vinculadas al origen de clase, al lugar de residencia y hasta del barrio de donde somos. Y aunque no lo reconozcamos, hasta de los gustos.

Hay un microclima porteño, clasemediero y cacerolero (pero de 6,7,8) y progre. Un poco lo que sabiamente el politólogo Hernán Brienza define como “progresismo bobo”. Y tomando las palabras del poeta y ensayista Martín Rodríguez, que añoran y desean el “perfume a FREPASO”. Esa mescolanza política que con elegancia y buenos modos palermitanos pactó con De la Rúa y terminó llamando a Cavallo para llegar sin despeinarse a diciembre de 2001.

La resistencia al peronismo no es exclusiva de los gorilas. El gorilismo -como el machismo- es difícil de extirpar aun de las buenas conciencias. Y en el caso de Daniel Scioli, además de las objeciones que honestamente pueden hacerle, pesan también temas tan banales como los gustos musicales o estéticos: si prefiere a Pimpinela por sobre Spinetta, si puede ser amigo de Tinelli y no frecuentar a Ricardo Forster, o ser aceptado por Carta Abierta.

El mes de junio debería ayudarnos a reflexionar y a comprometernos en un destino común que nos necesita a todos decididos a triunfar. En junio de hace 60 años sufrimos el peor atentado terrorista de nuestra historia con el asesinato de más de 350 ciudadanos y cientos de mutilados y heridos. Y fue con la anuencia y complicidad de radicales, socialistas, conservadores y comunistas, alentados por la Sociedad Rural, la embajada norteamericana y la cúpula de la Iglesia. Y en junio del ’56 la masacre de José León Suárez y los fusilamientos de los militares patriotas y democráticos ante el silencio y festejo del mismo grupo de políticos que sirvieron a la Revolución Fusiladora. Y fuimos siempre los peronistas que pusimos los muertos y los presos ante el silencio opositor.

Vale recordar las palabras de Perón en el Congreso General Constituyente del Partido Peronista, en los albores de su primer gobierno: “Es desgraciado pensar, aunque explicable, que nosotros, por no tener una oposición con quien combatir, nos estamos combatiendo entre nosotros mismos.” Y en otro momento instaba: “Esa lección la debemos dar a todos los demás partidos y a la masa de nuestro partido. Esa lección de unidad, tolerancia, lealtad y sinceridad para con nosotros mismos será el ejemplo más tonificante para la Nación.”

Tenemos dos candidatos peronistas, con menos diferencias de lo que se quiere irresponsablemente ahondar. Unidos triunfaremos.

Publicado originalmente en Tiempo Argentino

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