Horacio Guarany en la banda de sonido de mi infancia y adolescencia

La música que forma parte de la banda sonora de tu vida no la elegiste vos, estuvo ahí, como el gorjeo de los gorriones en la mañana, la bocina de las locomotoras haciendo maniobras en la playa de la estación o los ronquidos de papá por las noches. Y, sin dudas, una parte importante de esa banda sonora de mi mis primeros años la ocupa Horacio Guarany, porque sonaba en las radios en la música de los boliches, en la propaladora, en todos lados. A cualquiera que ande en torno de los cincuenta, si le cantás las primeras estrofas de “Pescador y guitarrero”, “Volver en vino” o “Piel Morena”, te la puede seguir cantando. Es en ese momento donde se ratifica que un artista echó raíces profundas en su pueblo.

El artista que está en tu banda de sonido, pero cuyas canciones se escuchan con más volumen que las de otros, puede haber tenido muchos vaivenes políticos, pudo haber sido afiliado al PC y terminar hasta las manos con el menemismo, pero eso no lo afecta, porque es como una parte constitutiva de tu memoria. Pero algo tuvo de distinto para que su muerte ponga en repentino silencio tu memoria, y se amontonen fotos de tu vida con él como sonido. Entonces te ves con la gomera buscando el mejor lugar para el disparo y allá en el fondo suena “Jazminero azul”. Y te ves jugando un poliladron en la bici, a la siesta, y de un Falcon que pasa se oye “Puerto de Santa Cruz”, o te encontrás una noche lluviosa de sábado, amarga, sin fato, comiendo un lomito en un bolichito que estaba casi frente al Bar Español y en los parlantes canta Horacio, ese Horacio de una fuerza interpretativa difícil de equiparar, al punto que, repasando en la memoria me cuesta hallar otro artista que se le acerque en intensidad comunicativa. Quizá el Chaqueño, pero hasta ahí, con matices. Otro rasgo distintivo que lo separa del resto fue el grupo instrumental que lo acompañaba en sus actuaciones en vivo: una maquinaria sofisticadísima que funcionaba con una precisión deslumbrante y un bombisto irreemplazable como “Palito” Acuña.

Una vez fue a mi pueblo, fines de la disctadura, 1981 o 1982. Si mal no recuerdo la actuación fue al mediodía. Tuvieron que organizar su actuación en un galpón de la estación porque los salones de los clubes quedaban chicos, pero muy chicos.

El artista que está en tu banda de sonido puede desafinar e incluso en las dos últimas décadas te ha resultado imposible soportarlo más de 2 minutos en Cosquín, pero va contigo a todas partes, y cuando un día te encontrás en una disquería pero ya no buscás novedades, sino discos que te retrotraigan a tu niñez, resulta que llegás a tu casa con un doble que recoge 40 grandes éxitos de Horacio Guarany y cuando lo escuchás no buscás el solo deslumbrante, la nota justa, el silencio magistral. No no no, nada de eso. Buscás imágenes de tu pueblo, de la vieja Casa Marcaida, del Monte de March, del Prado Español, buscás a tus padres, a tus tíos, a los amigos. O te buscás en esa formación de máquinas a vapor abandonadas en las que pasaste lo mejor de tu infancia, o las tuyas del patio de la escuela 7. Buscás tu ADN y todo eso engendra un borbotón emocionado que te cuesta contener porque ya no está papá, ni mamá, ni la tía Mabel o el tío Alberto, y desde hoy tampoco Horacio.

Vas pegando la vuelta de a poco, todavía tenés fuerzas, pero te ves entrando en la curva, en esa, la última, la que te depositará en la recta final de tu paso por esta vida maravillosa, la que se pondrá de fiesta toda vez que por algún parlante suene “Cuando ya nadie te nombre”, o “Caballo viejo”, o “Si se calla el cantor”

“Pescador y guitarrero”; “Piel Morena”, “Amar amando”, “jazminero azul”; “Si se calla el cantor”; “Caballo que no galopa”; “la del Chúcaro”; “Canción del adiós”, “Cuando ya nadie te nombre”; “memoria de una vieja canción”; “Puerto de Santa Cruz”; “Piel Morena”; “Coplera del prisionero”; “Volver en vino”; “La villerita”

Share on Google+0Tweet about this on TwitterShare on Facebook0Email this to someone

Artículos Relacionados

Leave a Reply