Feliz cumple, Néstor

Dejé de participar activamente en política partidaria allá por 1992. Incluso renuncié a un nombramiento que tenía en la Cámara de diputados de la provincia para dedicarme por entero al periodismo radial. Fui un típico progre, de esos que se sintió un genio al blandir el carnet de pelotudo que sacó Lanata en su revista Veintiuno. En realidad era uno de los tantos pelotudos engrupidos por este hábil estafador.

Con De la Rúa en el gobierno, me empezaron a gustar las posiciones de Néstor. Lo veía distinto al resto de los dirigentes peronistas. El 30 de diciembre de 2001 llamé a la oficina de Cristina en el senado y hablé con un empleado: le pregunté si había algún local o lugar de referencia para acercarme pues el gobernador de Santa Cruz me parecía el dirigente adecuado para aspirar a un futuro. Pero el ADN progre hizo de las suyas y años después, en las elecciones de 2003 voté a Carrió, con la seguridad de que en segunda vuelta lo haría por él contra Menem. No tengo perdón. Lo sé y lo sufro cada vez que lo recuerdo. Quizá en la votación más importante cometí un error garrafal, pero bueno. Uno es la síntesis de los lugares de donde viene y debe hacerse cargo.

Cuando asumió ese 25 de mayo, mi hija Maite volaba de fiebre. Mi cuñada miraba la tele y lloraba. Me divertí con el juego que hizo con el bastón y la cara de Cristina como diciendo “No tiene arreglo”.

Poco tiempo después, cenaba la noche en que por cadena nacional anunció la modificación de la corte suprema. Fue en ese preciso instante donde me convencí definitivamente que la cosa venía en serio y que este tipo era distinto. Ni hablar cuando lo propuso a Zaffaroni para la corte o cuando lo vi firmar decretos con una Bic azul.

Cuando en 2009, en plena derrota salió al frente y clavó el inolvidable “¿Qué te pasha Clarín, estás nerviosho? me enseñó cómo se pelea en política y cómo se comunica. Esa chicana generó más conciencia sobre el poder del multimedios que todo lo que se hizo después.

No sé qué hubiera pasado si no se hubiera muerto. Lo que sí puedo probar es que dejó una fortuna política que se fue dilapidando de la peor manera.

Y acá sigo, extrañándolo

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