De Liniers a Plaza de Mayo

Llegar desde donde vivo a Liniers no es tarea sencilla, requiere mucha voluntad y saber que tarde o temprano uno estará en el arranque de la marcha. Hay que llegar a Avenida Rivadavia, y al toque, cuando a 2 mil metros la cana empieza a cortar, colocar en sinfín a Javier Martínez cantando “Caminamos una calle sin hablar, Avenida Rivadavia” y se llega a tiempo. Mientras estamos entre preparativos y saludos a uno y otro compañero, en las bocinas de la camioneta que encabezará la marcha suena el Blues de la libertad, de los Redondos y la jornada va empezando a tomar color. Arranca la caminata, quince mil metros nos separan de Plaza de Mayo; una cola de desocupados en la vereda esperando les toque el turno para dejar sus datos mira con ese gesto contradictorio que por un lado delata cierta solidaridad con los caminantes, pero por otro ese dejo individualista que tanto ha penetrado en los sectores populares hace que los muchachos terminen observando el paso de la monada con cara de nada, con gesto de “yo estoy en otra”. Al fin y al cabo, caminantes y desocupados en la fila de esa vereda están en la misma: buscan trabajo, pero claro, unos están en la vereda, mejor vestidos y eso hace que se sientan un poquito más arriba de los otros.

No es novedad que en las clases populares anidan víboras ideológicas que luego de comerse al prójimo terminan devorándose a esa cabeza donde las han hecho anidar y digo esto porque las críticas más feroces provienen de gente que uno la ve y la sabe al filo de la miseria, pero a veces son los peores ¿El reaseguro de que nada cambie? Personas que han asido el discurso de su enemigo de clase con tal fuerza que, la verdad, genera intriga científica. Claro que si las gordas que van caminando consiguen algo estos que les sacan el cuero disfrutarán los beneficios. Es que el rebusque, el conchabo por lo justo coloca al conchabado en una suerte de ensoñación y cree que está zafando, que lo suyo está, mal pero está, y que el pibe que va caminando en medio de la marcha está a un paso de transformarse en su enemigo. He aquí un triunfo soberano del liberalismo que instaló una serie de grietas muy profundas allí donde todos deberían sentirse iguales.

En las esquinas, la clase media (baja) al volante de un Fiesta o un Clio enloquece por no poder cruzar y entonces hablan con el gesto y dicen lo peor que se pueda uno imaginar. Son los que sienten que estaban para un Audi pero por boludeces propias se quedaron en autitos baratos que igual sirven para marcar su distancia con las gordas que caminan y caminan sin parar cuando uno tiene que hacer un alto porque ya no da más. Hace mucho Marx habló de las oscilaciones de la pequeña burguesía, que por momentos se enchamiga con los de abajo y al rato con los de arriba. Bueno, esa pequeña burguesía que se vio hoy no parece para nada dispuesta a romper su alianza con los de arriba, pero para nada, eh… El flaco ese de barbita que sale con su cámara a filmar a famosos en el Canal de la Ciudad cruza con sus auriculares blancos pero no ve nada, absolutamente nada. Sólo tiene ojos para ver lo que le gusta, se nota mucho. Qué contraste, pienso al recordar que cuadras atrás saludé calurosamente a Raúl Zaffaroni, que está marchando con nosotros.

Si algo falta y es como un letrero luminoso de la monada son dientes. No sé si siempre fue así pero ahora esa ausencia es muy notoria, como esos cuerpos fofos de tanto ingerir harinas. En un bar cercano a la 9 de julio una cincuentona dialoga con el mozo. Sabedora de los postulados ideológicos de muchos de estos muchachos -que de sólo ver cómo miran a las gordas pasar meten miedo- le propone en joda que habría que poner una bomba en plena calle. Uno escucha y piensa si se trata efectivamente de una coartada para empalagar el sino reaccionario del mocetón o si efectivamente la mina piensa eso. De todos modos, la escena es espantosa porque si para entablar una conversación hay que llegar a proponer bombas ¡mamita querida! Pero claro, aquella generación que fue caracterizada como “la cría del proceso” es la que hoy anda entre los 50 y los 60. No es raro entonces escuchar hablar a una esa mujer de bombas.

En Rivadavia y San Pedrito el café lo pagué 30, en este bar que está a dos cuadras de la Plaza cuesta 38. Pertenecer tiene sus privilegios… Se me cruza repentinamente el recuerdo de la composición social del acto contra el 2×1 y no puedo menos que compararlo con el de hoy (callate lengua!!) Las columnas han llegado a Plaza de Mayo y empiezan los discursos cuyo contenido ya todos conocemos.

Me marcho, cansado en todos los rincones de mi cuerpo y pienso en una sola cosa: Esta gente sólo quiere una changa para poner un plato de comida en la mesa familiar, es ciudadanía precaria que sólo busca ser integrada, que resiste con estas caminatas para hacerse divisar, para que los de arriba vean que sólo quieren una cosa: ser integrados al aparato productivo. Esta gente al borde del precipicio social nunca supo ni sabrá que Carlos Marx está muerto y enterrado, esta gente quiere un lugarcito en el mundo, quiere trabajo, quiere una escuela para mandar a sus hijos y un peso para tirar un cacho de carne a la parrilla de vez en cuando.

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  1. Buena cronica, pero mucha de esa gente cuando le va bien se pasa de vereda, lamentablemente.
    Igual no se merece lo que esta pasando porque tienen hijos y deben criarlos.

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