Ariel Ramírez, un imprescindible

Ariel Ramírez fue algo así como el Ford Falcon del nuestra música popular. Es imposible atravesar la historia de nuestro cancionero sin su presencia, siempre ubicado en el centro exacto del movimiento, siempre batallando entre la vanguardia y el conservadurismo y siempre ensanchando el rumbo de la “música popular del interior del país”, como sabiamente define Manolo Juárez a eso que equivocadamente denominamos “folklore”.

El problema que tenemos para entenderlo es que nuestra vinculación con la música popular es muy posterior a su tiempo de gloria, entonces nos suena muy tradicional, muy viejo y si se quiere cuadrado. Por eso Jorge Lanata quedó pagando de una manera enternecedora cuando allá por el 2000 entrevistando a Charly García intentó desvalorizar a Ariel y la respuesta que recogió fue un directo al mentón que dio vergüenza ajena.

Tengo también el recuerdo de un mal chiste cuya mordacidad encubre una gran injusticia: Ese chiste hablaba de un aviso clasificado que decía:

“Vendo piano, poco uso en el medio”

Firmado: Ariel Ramírez.

Esta humorada, seguramente un invento de uno de esos burócratas de las teclas que tocan rapidísimo pero nunca una página propia, me hizo reír mucho y al mismo tiempo me generó –y genera- muchísima bronca porque desconoce la importancia casi fundacional de Ariel Ramírez en la investigación y desarrollo de nuestro folklore.

No hay que olvidar que todo lo referido a nuestra música popular está muy fresco. Sin ir más lejos fue “El tata” Farías Gómez (el padre de Chango y Marián) uno de los primeros buceadores en cómo tocar una chacarera o una zamba en el piano. Aunque hoy nos parezca mentira, hubo un tiempo donde alguien se sentó frente al instrumento y se preguntó cómo se sacaría un gato en ese teclado. Hay que analizar los comienzos y el desarrollo de nuestra música de raíz folklórica desde una perspectiva histórica y ver, entonces, que cuando arrancaron tipos como Yupanqui, Ramírez, Tránsito Cocomarola o Adolfo Abalos casi no había referencias, sencillamente no había “pasado” y mucho menos teoría. Todo había que inventarlo, todo había que escribirlo por primera vez. Había que fundar una música, uniendo sonidos autóctonos con información llegada de otros lares. Hay que imaginar ese tiempo histórico para empezar a comprender la importancia de Ariel Ramírez.

Sucede que cuando analizamos a músicos como éste nos cuesta horrores situarnos en la época en la que arrancaron. Si lo lográsemos, veríamos que el desarrollo obtenido en la música de raíz folklórica cuando fallece Ramírez es inmenso desde todo punto de vista en relación a los tiempos en que grabó su primer disco de 78 R.P.M.

El alemán Joachim E. Berendt, uno de los mejores críticos de jazz de la historia supo escribir que contrariamente a lo que pueda suponer cualquier fanático de la vanguardia jazzística, Louis Armstrong fue mucho más revolucionario que Charlie Parker o Miles Davis por la sencilla razón de que los cambios introducidos en el desarrollo del jazz entre el tiempo en que él comenzó a tocar y el tiempo de su retiro fueron mayores que los que introdujeron Bird o Miles, pero son tan lejanas esas innovaciones de Sachmo que hasta nos cuesta detectarlas cien años más tarde.

Algo similar ocurre con Ariel Ramírez. Nosotros crecimos cuando la Misa Criolla, Alfonsina y el mar, La Tristecita o la con la Cantata sudamericana ya estaban compuestas y grabadas. Nosotros crecimos con ese disco que grabó junto al Conjunto Ritmus, una formación de percusión sinfónica que por primera vez se reunía con un músico popular para amalgamar ambas corrientes (y tuvo que recurrir al Chango Farías Gómez para que les explicara a los aca Pero todo eso tuvo que ser inventado, debió pensado alguna vez. Por eso nos cuesta tomar conciencia de la anchura y la profundidad de la obra de este pianista y por eso el mejor homenaje que se le puede hacer a don Ariel es tratar de entender lo complejo que era componer y tocar nuestros ritmos cuando casi no había referencias.

Su hija Laura me contó alguna vez que ella era chiquita cuando lo acompañaba al estudio de grabación de la Phonogram, en Freire y La Pampa, donde ahora está el Colegio Pestalozzi. Para grabar en aquellos tiempos tenían que respetar los horarios del ferrocarril, que está a una cuadra, y detener la grabación cuando pasaban los trenes por razones obvias. Esta anécdota, que da una imagen de suma precariedad desde lo tecnológico quizá sirva para que nos demos una idea y entender desde dónde arrancaron estos tipos.

Fueron los constructores de los cimientos, los que levantaron la casa. Luego fuimos llegando otras generaciones que como no podía ser de otra manera nos encandilamos con la edificación ya modernizada, pero que fue posible gracias a la construcción original.

NOTAS SOBRE ARIEL RAMIREZ REALIZADAS AL DIA SIGUIENTE DE SU FALLECIMIENTO (20-02-2010) EN RADIO AMERICA

CHANGO FARIAS GOMEZ

MANOLO JUAREZ

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